8.5.05

Tesoros en las sombras

Como los planetas reflejan la luz de la estrellas y nos hacen confundirles con ellas, los humanos nos fascinamos con la luz reflejada en unos ojos ajenos que miran con embeleso a un tercero. De golpe el que es mirado así por otro cobra un brillo inesperado, acrecienta su luz y su encanto. Somos tristes monigotes sometidos a las leyes de la morfología, pobres demostraciones de la teoría de conjuntos, zapateros remendones que intentan tapar groseramente huecos que ya no tienen remedio. Y esa luz representa la terrible diferencia entre un te quiero y un te quiero mucho, el puente que cruza el abismo entre nos vemos y no te vayas nunca, la filosa arista entre la cara que sube y la cara que baja, en ese dado invisible pero implacable que define el destino del amor. Pero si vemos que otros miran, ah, ahí va el ojo a la caza del tesoro. Y tal vez ese tesoro ya era nuestro, pero dormíamos sin querer apreciarlo como los dragones avaros de los cuentos. La mirada extranjera que ahora lo acaricia nos descubre las perlas engarzadas en precioso platino, las facetas de los raros diamantes, las redes tejidas delicadamente por expertos orfebres. Y tal vez cuando empecemos a mirar menos distraídamente nuestros bienes, éstos se desvanezcan en el aire como por arte de magia, porque como las cosas vivas necesitan del sol y del calor, del cuidado de unas manos y no de la penumbra y el hastío en el que los hemos sepultado durante tanto tiempo.

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