26.12.07

La muerte y tú

-Por supuesto,una introducción.
Un comienzo.
¿Qué habrá sido de mis modales?
Podría presentarme como es debido pero,la verdad,no es necesario.Pronto me conocerás bien,todo depende de una compleja combinación de variables.Por ahora baste con decir que,tarde o temprano ,apareceré ante tí con la mayor cordialidad.Tomaré tu alma en mis manos,un color se posará sobre mi hombro y te llevaré conmigo con suma delicadeza.
Cuando llegue el momento te encontraré tumbado(pocas veces encuentro a la gente de pie) y tendrás el cuerpo rígido.Esto tal vez te sorprenda:un grito dejará su rastro en el aire.Después,sólo oiré mi propia respiración, y el olor, y mis pasos.
Casi siempre consigo salir ilesa.
Encuentro un color,aspiro el cielo.-

Del prólogo de "La ladrona de libros"-Markus Zusak

11.12.07

Hallazgos

La biblioteca es muy grande y antigua, huele a papel y misterio, como deben oler las bibliotecas, y la poesía se puede encontrar arriba en una sala circular, llena de ventanas con vitrales que dan a un umbrío patio interior. Das la vuelta mirando los estantes, viajas como un derviche giróvago por Grecia, Europa., China, Estados Unidos…en el círculo mágico vas pasando los dedos por los lomos de los libros y encontrando tesoros desconocidos.
Comencé buscando poesía china y terminé con un volumen totalmente distinto en la mano, una Antología de la Poesía Norteamericana Contemporánea.
Ojala pudiera concentrar el libro en unas pocas líneas, porque hay tanta belleza y profundidad en él que se hace difícil escoger , pero me he decidido por este sencillo y conmovedor poema de James Arlington Wright, titulado A Blessing

Una Bendición

Al lado de la carretera que va de Rochester, Minnesota,
el crepúsculo se balancea suave sobre la hierba
Y los ojos de aquellas jacas indias
se oscurecen de ternura.
Han salido gustosamente de los sauces
para darnos la bienvenida a mi amigo y a mí
Pasamos sobre la alambrada hasta el pasto
donde ellas han estado paciendo todo el día a solas.
Se curvan tensas; apenas pueden contener la alegría
de que hayamos venido.
Se inclinan tímidas como cisnes mojados. Se aman.
No hay soledad igual a la de ellas.
Sintiéndose una vez más en casa
mordisquean los jóvenes manojos de primavera.
Me gustaría coger a la más delgada en mis brazos
porque se ha acercado hasta mí
y me ha hociqueado la mano izquierda.
Es blanca y negra,
su crin le cae en desorden por la frente
y la suave brisa me incita a acariciarle la oreja grande
que es delicada como la piel de la muñeca de una muchacha.
De pronto me doy cuenta
De que si saliera de mi cuerpo estallaría
Floreciendo.

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