27.7.10

Insomnio

A medianoche
incendio el cielo con mi sangre
y cada estrella es la médula
de mis huesos
A medianoche
bullo,bullo,bullo
y extiendo el fuego
por los bosques,
las ventanas
donde se desdibujan
los perfiles,
las almas que duermen
incineradas sin saberlo
por mis pensamientos
A medianoche
la música de mi alma
trepa
como la hiedra en las paredes
buscando llegar al cielo,
invadir algun planeta
oscuro e indefenso
Ávida plaga
de extraña semilla
A medianoche
pálida piel desnuda
acecho en la cornisa
de mi casa
a los sueños rampantes
grávidos de luz
y los consumo
-Pantagruel insaciable-
tirando sus cadáveres
a las alcantarillas

A medianoche
nada me colma
Mientras oigo el chirrido
del letargo
que como siempre
acecha
estéril e impotente
estirando minutos
entre sus dedos largos
y amarillos
A medianoche
Tu, ten cuidado conmigo
mi rueda dentada
cuenta tus dientes
para arrancarlos
Al son de la música.

2.7.10

Campanilla

Desde que me recuerdo, hundo la nariz en las flores para descubrir su aroma.
-¡Te picará la nariz alguna abeja como sigas haciendo eso! Me decía siempre mi madre al verme con la cara enterrada en un mar de pétalos.
Hoy la mañana me hizo esos regalos que solo puede entregarte el verano y un paseo sin mas objetivo que el ejercicio físico y la contemplación.
El cielo casi blanco de tanta pureza, las calles solitarias y el calor ondulando el asfalto. Muchos pájaros cortejándose, picoteando, piando, haciendo nidos.
Las buganvillas explotando en colores y cayendo en cascadas sobre las aceras. El aire trayendo el dulcísimo olor de los árboles cuajados de flores azules.
Y de pronto, en un seto de hiedra tan lustrosa que parecía de plástico, las increíbles manchas de color violeta de enormes campanillas. Seguramente las conoceréis, son ésas que suelen crecer al costado de las vías, solo que esta vez las flores me quedaban a la altura de la cara.
No pude resistirme: me acerqué a uno de los círculos aterciopelados y hundí la nariz todo lo que pude en la corola fresca y rosa, surcada por delicadísimas y claras nervaduras.
No olía a nada definible, pero cuando aspiré para apresar su teórico perfume, se me pegó a la cara cubriéndome la nariz y parte de las mejillas.
Fue una caricia tierna, suave, casi como si me devolviera la atención prestada. Dos seres vivos tocándose, indagando el uno en el otro.
Hoy por la mañana una hermosa flor me acarició la cara y el alma, casi como lo hubieran hecho las manos de mi madre.

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