Nómadas.
Ambos tenían las cuerdas de la música
que trepaba por la pared de piedra
como una poderosa enredadera.
Los dedos de él golpeando la madera
del violoncello
y ella al violín lanzando
su voz:
flores ardiendo en el otoño
en Barcelona.
Había ángeles mirando,
lo sé.
Y naves invisibles surcaban el espacio
buscando la gloria...
El aire estaba quieto y transparente
y sin embargo
pequeñas plumas blancas
bailaban afiebradas
y la gárgola excitada
maldecía la inmovilidad de su carne.
Los cuerpos relajados
con la tensión exacta
de la pureza
y aquel idioma extraño
que me condujo
a caminos de exilio
y a manadas de lobos
corriendo bajo la luna...
Una chica de rojo
se balanceaba en trance
mientras mis pies luchaban
por despegarse del suelo...
y llevarme, doliente,
de aquel vórtice
de luz surgido en el caos.
Es una maravilla de poema.
ResponderEliminarTe felicito.
Besos.
Totalmente de acuerdo con Toro, el ritmo y las fotografías que lo acompañan, porque te aseguro que yo he visto fotos :)
ResponderEliminarBellísimos recuerdos hechos versos. Toda una filigrana exquisita de imágenes rememorando otros tiempos donde la libertad se hacía de música y de viento. Me imagino la escena, que tan bien retratas, a los pies de alguna iglesia o catedral gótica, posiblemente la de Barcelona o, quizá, la también barcelonesa Catedral del Mar. No me extraña que hasta la gárgola quisiera bailar. Precioso. Abrazos, tocaya.
ResponderEliminarFelicidades, un poema redondo
ResponderEliminarBuen fin de semana
Beautiful blog
ResponderEliminarPlease read my post
ResponderEliminarPrecioso poema. Enhorabuena. Te mando un beso.
ResponderEliminarMe encantó. Me costó encontrarte
ResponderEliminarFeliz viernes.
Música en corazón con versos dignos de encomio.
ResponderEliminarUn beso
Abrazo para ti, Ilduara***
EliminarOtro para
ResponderEliminarti.