Una colina de trigo dorado y maduro
se eleva nítida hacia el cielo.
Las pupilas suben por la opulenta redondez
Mi niñez aún despierta
baja rodando hasta mis pies.
Perdí mi corazón en el centro de un complejo laberinto y no recuerdo la ruta ni existe un hilo de Ariadna que me guíe. Se comieron las migas los pajaritos y una bruja de dedos largos y huesudos me hunde el índice entre las costillas para ver si estoy a punto y descorazonada irremediablemente. La vieja se ríe quedamente, sabedora de que mi mal no tiene fin, cazadora de imposibles, solitaria y nómada hasta cuando mis huesos sean polvo mezclado con el viento.
Una colina de trigo dorado y maduro