Perdí mi corazón en el centro de un complejo laberinto y no recuerdo la ruta ni existe un hilo de Ariadna que me guíe. Se comieron las migas los pajaritos y una bruja de dedos largos y huesudos me hunde el índice entre las costillas para ver si estoy a punto y descorazonada irremediablemente.
La vieja se ríe quedamente, sabedora de que mi mal no tiene fin, cazadora de imposibles, solitaria y nómada hasta cuando mis huesos sean polvo mezclado con el viento.
Rememorando, los cerros de mi pueblo estaban desnudos una que otra cactacea rompia la monotonía de la aridez, pero siempre es grato volver a ver esa anhelada esterilidad.
4 comentarios:
En la niñez todos los futuros eran dorados...
Besos.
Rememorando, los cerros de mi pueblo estaban desnudos una que otra cactacea rompia la monotonía de la aridez, pero siempre es grato volver a ver esa anhelada esterilidad.
Todas las infancias deberían ser doradas y venir rodando hacia nosotros al ser adultos para que podamos acogerlas...
Me gusta esa "colina" que describes, Dalia.
Un abrazo.
Te invito también a a visitar i espacio (por lo visto no se actualiza)
Feliz día.
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