13.4.05

Naves, música y estrellas

En la madrugada, los noctámbulos acechamos el sueño de los otros mortales. Oigo a Limp Bizkit en Behind Blue Eyes mientras por la ventana entra el sonido amortiguado de una tele vecina. No soy la única que no duerme. Tengo la cabeza disparada hacia el espacio exterior. Te cuento un trozo de "El fin de la infancia" de Arthur Clarke: "Rodeado de estrellas, Reinhold descendió por la falda de la colina. Afuera, en el mar, el Forrestal barría todavía el agua con unos dedos luminosos. En la bahía los andamios que rodeaban el Columbus eran ahora un brillante árbol de Navidad. Sólo la elevada proa de la nave se alzaba como una sombra oscura entre los astros. Una radio lanzaba una estridente música de baile desde los animados cuarteles y los pasos de Reinhold se aceleraron mecánicamente siguiendo el ritmo de la música. Había llegado casi al estrecho sendero que bordeaba las arenas, cuando algún presentimiento, algo apenas atisbado, lo obligó a detenerse. Perplejo, miró primero al mar y luego a la tierra. Pasaron unos instantes antes de que pensara en mirar el cielo. Reinhold Hoffmann supo entonces, como Konrad Schneider en ese mismo instante, que había perdido la carrera. Y supo que la había perdido no por esas pocas semanas o meses que habían estado amenazándolo, sino por milenios. Las sombras enormes y silenciosas que navegaban bajo las estrellas, a una altura que Reinhold era incapaz de imaginar, estaban tan alejadas del pequeño Columbus como éste de las canoas paleolíticas. Durante un instante que pareció eterno, Reinhold observó, junto con el mundo entero, cómo las grandes naves descendían con una majestad abrumadora, hasta que oyó al fin el débil chillido de la fricción en el enrarecido aire de la estratósfera. Reinhold no se sintió apenado porque el trabajo de toda una vida se le derrumbase de pronto. Había luchado para que el hombre llegase a las estrellas, y ahora, en el instante del triunfo, las estrellas - las apartadas e indiferentes estrellas - venían a él. En ese instante la historia suspendía su aliento, y el presente se abría en dos separándose del pasado como un témpano que se desprende de los fríos acantilados paternos y se lanza al mar, a navegar solitario y orgulloso. Todo lo obtenido en las eras del pasado no era nada ahora. En el cerebro de Reinhold sonaban y resonaban los ecos de un único pensamiento: La raza humana ya no estaba sola."

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