27.4.05

Paisaje

En el paseo te encontrabas con un tosco puentecillo curvo de madera oscura. Pasabas así a una isla plagada de viejos árboles cubiertos de musgo y líquenes. El río era una lengua mansa y marrón que acariciaba las orillas barrosas repletas de lirios y que en los remansos nos ofrecía espléndidos nenúfares y algún lomo plateado de mojarra ondulando en el agua. Las libélulas volaban incansablemente, azules, rosadas, apenas se posaban, copulaban, y a veces desafiaban la lógica quedando suspendidas e inmóviles en el aire haciendo vibrar imperceptiblemente las grandes alas traslúcidas. Huevos de rana en grandes racimos de globitos color rosa chicle se veían pegados en los juncos, y todo estaba tan lleno de vida que era difícil no sonreír de manera cómplice y satisfecha al contemplarlo. Caminabas sobre matas de violetas que nacían entre la hierba, seguramente no eran de allí, alguien las habría plantado y habían colonizado el territorio de tal manera que cuando florecían era posible recoger grandes ramos fragantes en pocos minutos. Mi abuela tanteó con la punta del pie un bultito pardo pegado al tronco de un árbol- Mira, una seta, dijo - y mientras hablaba la seta extendió lentamente un ala haciéndola dar un salto hacia atrás chillando... - Es un murciélago, déjalo tranquilo- exclamó mi madre riendo. Mientras el río seguía su curso imperturbable y lánguido, el animalito volvió a plegar perezosamente el ala y a dormirse... o tal vez morir o soñar confundido con el árbol que le daba cobijo.

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